En un rincón soleado del mundo donde los mapas se doblan por el uso y las maletas nunca se vacían del todo, el Turista despega en su biplano dorado MK Z, con la misma emoción infantil que siente al abrir un guía de viajes nuevo. Con su bufanda roja ondeando como una bandera de “¡aquí estoy!”, gorra de piloto ladeada y una sonrisa permanente que dice “¡esto va a ser inolvidable!”, pilota esta reliquia voladora que parece salida de un catálogo de aventuras vintage. Lleva consigo una maleta maltrecha llena de souvenirs imposibles —un sombrero de paja de algún mercado lejano, una postal que nunca envió y un termo que aún guarda el café de la última parada—, y cada vuelo es una excursión aérea: baja a ras de nubes para fotografiar volcanes dormidos, hace escala en castillos de algodón y saluda a los pájaros como si fueran guías locales. Este turista eterno no busca destinos exclusivos ni fotos perfectas; colecciona momentos, risas con extraños y la certeza de que el mejor recuerdo siempre está en el próximo viraje. Mientras el motor zumba y el viento le despeina el bigote imaginario, recuerda que viajar no es llegar, sino dejarse llevar por el cielo con los ojos bien abiertos y el corazón listo para sorprenderse otra vez.