En las brumas de la jungla de Bangalla, mucho antes de que los cielos se llenaran de máquinas rugientes, El Fantasma —el Hombre que Camina Fantasma— ya surcaba los vientos en un biplano improvisado que él mismo había armado con restos de naufragios y promesas ancestrales. Fue durante la Gran Guerra, cuando un joven piloto aliado, perdido y herido, cayó en sus dominios; el Guardián de la Selva lo salvó, le enseñó los secretos de las corrientes invisibles y le entregó un juramento eterno. Desde entonces, cada vez que un avión fantasma aparece en la noche —un eco azul con ojos de fuego—, no es solo metal y sombra: es la memoria de aquella unión entre el vigilante eterno y el espíritu del vuelo, un pacto que une la tierra profunda con los cielos sin fin, recordándonos que El Fantasma nunca vuela solo, sino que lleva consigo el viento de todos los que alguna vez confiaron en él.1,3sFast