Mucho antes de que los grandes aviones dominaran los cielos, el sueño de volar comenzaba en los lugares más simples: un salón de clases, un patio de recreo o una tarde de curiosidad infantil. Con apenas una hoja doblada con ingenio, nacía el primer planeador de papel. Estos pequeños artefactos, lanzados con la mano y guiados por el aire, enseñaron a generaciones enteras los principios más básicos del vuelo: equilibrio, dirección y resistencia al viento. Sin motores ni instrumentos, el planeador de papel se convirtió en el primer laboratorio de aerodinámica para muchos futuros inventores y soñadores del cielo.