A finales de la década de 1920, dos intrépidos inventores europeos construyeron un curioso aparato volador: una especie de carrito suspendido de un paracaídas, con ruedas, hélices improvisadas y todo tipo de artilugios mecánicos. Su objetivo era probar la primera combinación de vuelo ligero y movilidad terrestre, recorriendo colinas y valles para estudiar la estabilidad en el aire. Aquella máquina, tan frágil como ingeniosa, solo logró vuelos cortos y tambaleantes, pero quedó registrada en diarios y bocetos como símbolo de la creatividad de los pioneros que soñaban con volar sin límites.