En los primeros años de la aviación, cuando cada intento de volar era un paso hacia lo desconocido, el estadounidense Samuel Langley presentó en 1903 su aeronave llamada Aerodrome, equipada con un motor en forma de estrella. Durante una de sus pruebas, el aparato acuatizó en el río Potomac sin mayores dificultades, demostrando que las aeronaves también podían interactuar con el agua como parte natural de sus operaciones. Su estructura resultaba algo grande y robusta para la época, lo que llevó a que muchos la apodaran de manera curiosa “La Casa Flotante”, un sobrenombre que evocaba su aspecto singular mientras reposaba sobre el agua. Aquellos experimentos tempranos, llenos de audacia y expectativa, marcaron un capítulo fascinante en la búsqueda del ser humano por dominar el aire y las aguas al mismo tiempo.