A comienzos del siglo XX, cuando la aviación aún era un sueño audaz para muchos, el ingenio de pioneros como el estadounidense Glenn Curtiss y el francés Henry Fabre abrió un nuevo camino en la historia del vuelo. Fabre logró una hazaña memorable el 28 de marzo de 1910, cuando su avión motorizado despegó suavemente desde la superficie de un lago cercano a Marsella. Aquella frágil aeronave, sostenida por tres flotadores que le permitían deslizarse y elevarse sobre el agua, demostró que el cielo también podía conquistarse desde los lagos y los mares. En aquel momento de silencio y asombro, mientras el aparato se elevaba por primera vez, nació una nueva forma de volar, una que mezclaba la valentía humana con la belleza serena del agua y el cielo